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20 de julio de 2009

OPHELIA


Ophelia (1851-1852). Óleo sobre lienzo 76,2 x 11,8 cm. Tate Gallery, Londres. Sir John Everett Millais (1829-1896)
Hoy os hablo de Ofelia la obra es de Millais, en esta obra consigue captar y reflejar el momento del tránsito de la vida a la muerte de la joven mientras ésta flota en el agua mansa mientras de su boca casi puede apreciarse como escapa el último aliento.

Para su plasmación en el lienzo, el artista pasó varios días junto a un río pintando para poder retratar con exactitud las flores y plantas de sus márgenes y alrededores en un laborioso y concienzudo trabajo de observación, haciendo gala de uno de los principios artísticos fundamentales ya comentados de los Prerrafaelitas, la rigurosa fidelidad a la naturaleza. También ejemplo de este interés por la fidelidad llevada al máximo extremo es el hecho de que la joven que posó como modelo de Ofelia, Elisabeth Eleanor Siddal, pintora, poetisa y arquetipo estético del movimiento, lo hacía sumergida en una bañera vestida con un traje de época.


El cuadro representa la escena que le describe Gertrudis, madre de Hamlet, al hermano de Ofelia, Laertes.
La mejor imagen de Ofelia puede verse en la londinense Galería Tate.
Inspirado comentario el de Sánchez Artola al óleo de Millais:

La infeliz y enigmática Ofelia shakespeariana, fuente inagotable de inspiración artística, literaria y filosófica, sedujo a Millais, quien forjó una reinterpretación pictórica realmente sobrecogedora. Si bien el tema central de la obra es el mito ofeliano, el melancólico escenario natural que lo enmarca es admirable. El entorno es frondoso y brillante en colorido, de suerte que, no resulta opresivo a pesar de ser testigo de la tragedia. Este paraje apropiado para su inspiración y capturado de manera fidedigna, lo había encontrado el pintor tras una ardua búsqueda, acompañado de su amigo Hunt, cerca de Ewen en un remanso del río Hogsmill.

La figura de Ofelia está desapareciendo bajo las “gimientes” y sosegadas aguas, que son lo suficientemente diáfanas, como para no ocultar a nuestra vista sus brazos y torso parcialmente inmersos. Su hermoso rostro está ahora ausente en un gesto patético que conmueve profundamente. Los ojos inanimados, los labios entreabiertos, inertes y las manos en actitud de ofrenda, dejando escapar unas flores. La parte inferior de su cuerpo parece estar ya sumergida, permaneciendo en la superficie las piezas más vaporosas del pesado vestido, que al igual que sus largos cabellos, parecen resistirse a desvanecerse para siempre.

... Parece estar destinada a fluir disuelta en el agua, pero a la vez tangible e incorruptible, para, como sugiere Bachelard, aparecerse por siglos a los soñadores y a los poetas, flotando en su río. Junto a ella sobrenadan las flores que había recogido. Flores que están modeladas con una precisión y una minuciosidad asombrosas. Algunos críticos contemporáneos del autor no encontraron encanto alguno en esta pulcritud realista de Millais; su exuberancia naturalista les parecía una complacencia innecesaria e indolente, un desacierto que hurtaba eficacia dramática a la protagonista de la historia. Nada más lejos de la realidad. El conjunto de la composición es soberbio, y a pesar de eso nada impide que cuando nos encontramos con el lienzo, la mirada se desvíe empática e ineludiblemente hacia la desdichada.

Ya en los prolegómenos del fatal desenlace de Ofelia, ésta recurre a las plantas para transmitir sus cuitas a Gertrudis. Con intención incierta le ofrece unas hierbas reputadas entonces por sus efectos beneficiosos, pero también por su efectos abortivos, el hinojo y la ruda, a la que además se le atribuía eficacia para exorcizar demonios, y también palomilla, una planta que a altas dosis resulta igualmente tóxica: “…hinojo para vos, y palomillas y ruda... para vos también, y esto poquito es para mí. Nosotros podemos llamarla yerba santa del Domingo,... vos la usaréis con la distinción que os parezca...”. En tono mordaz y atormentado denuncia la muerte de su padre Polonio a manos de Hamlet: “…Ésta es una margarita. Bien os quisiera dar algunas violetas; pero todas se marchitaron cuando murió mi padre. Dicen que tuvo un buen fin...”

Tras la desaparición de Ofelia, una vez más, los personajes evocan mediante este recurso estilístico lo que no se atreven a verbalizar. Gertrudis, al relatar a Laertes el desgraciado episodio, lleva a escena las flores que supuestamente Ofelia ha recogido antes de precipitarse al río y que tienen una trágica carga simbólica. Millais no hizo sino mantenerse fiel al artificio alegórico shakesperiano. Violetas enguirnaldadas abrazan el cuello de la joven, siendo estas flores un icono de la desesperanza y de la muerte prematura. Flotando en el agua hay esparcidos: pensamientos, alegoría del amor no correspondido, y amapolas, símbolo del adormecimiento y la muerte. También vemos: nomeolvides, ulmarias, ortigas, narcisos, margaritas, coronas imperiales, lirios, adonis, dedos de muerto… incorporados no como aderezos pueriles, sino como metáforas tanto de los defectos de Hamlet como de los sentimientos taciturnos de Ofelia. Que Millais hubiera prescindido de esta abundancia iconográfica o que no se hubiera esmerado en su reproducción hubiera sido incoherente.

La muerte de Ofelia en la obra de Shakespeare es fuente de un perpetuo ejercicio especulativo, pues el hecho luctuoso no sucede en escena. Es narrado por boca de Gertrudis, quien explica que ha caído involuntariamente al río y en su desvarío se ha dejado llevar: “…Llegada que fue, se quitó la guirnalda, y queriendo subir a suspenderla de los pendientes ramos; se troncha un vástago envidioso, y caen al torrente fatal, ella y todos sus adornos rústicos. Las ropas huecas y extendidas la llevaron un rato sobre las aguas, semejante a una sirena, y en tanto iba cantando pedazos de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, o como criada y nacida en aquel elemento. Pero no era posible que así durase por mucho espacio. Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían la arrebataron a la infeliz; interrumpiendo su canto dulcísimo, la muerte, llena de angustias”

El accidente se transmuta en acto deliberado en el acto V, en la conversación de los sepultureros “¿Y es la que ha de sepultarse en tierra sagrada, la que deliberadamente ha conspirado contra su propia salvación?”. A los ojos del criticismo en general y del poético en particular, los tristes avatares de su vida, su estado delirante, y el mismo sentido lírico hacen más apetecible la tesis de la muerte suicida, más por abandono que por acción.

“En las aguas profundas que acunan las estrellas, blanca y cándida,
Ofelia flota como un gran lirio,
flota tan lentamente,
recostada en sus velos..."

(Rimbaud)


Infeliz Ofelia acostada sobre las claras aguas, descansas en un sueño eterno en calma. Ofelia serena, de rostro ausente, ojos inanimados y labios entreabiertos, con manos oferentes que dejan escapar unas flores en el lecho de tu muerte.

Ofelia, muerte entre la exuberante vida ajena a tu drama, flotas con tus largos cabellos que no quieren desvanecerse en el lecho oscuro de las frías aguas que te llevan. Ofelia, hermosa. Sensual y patética, descansa en tu belleza mortal e inmortal captada en un instante.

John Millais es el más detallista, minucioso y caligráfico de todo el grupo. Sus asuntos son preferentemente románticos, inspirados en la literatura italiana y la pintura del Quatroccento italiano.
En este cuadro, Millais recoge toda la carga alegórica de la obra de Shakespeare. Violetas en el cuello de Ofelia como símbolo de la muerte prematura y la desesperanza. Sobre al agua esparcidos aparecen: pensamientos, amor no correspondido, amapolas, muerte y adormecimiento, nomeolvides, ortigas, narcisos, margaritas, lirios... incorporados como los sentimientos taciturnos de Ofelia.

Sobre la modelo del cuadro.

La pintora, poetisa y arquetipo estético prerrafaelista Elisabeth Eleanor Siddal, fue la paciente modelo de esta obra magistral, en interminables sesiones en las que posaba sumergida en una bañera con un precioso vestido antiguo que el pintor había encontrado para la figuración. Según cuenta el hijo de Millais en su obra biográfica sobre su progenitor, un día no se pudo calentar el agua y Elisabeth enfermó durante varios días. El padre de la artista se enfadó considerablemente con el pintor, requiriéndole una satisfacción económica. Lo cierto es que una vez recuperada del enfriamiento “acuático” no volvió a trabajar para Millais.
El pintor tuvo que pagarle al padre de la modelo un médico para curarle la enfermedad. Esta modelo, casada con otro pintor prerrafaelista, Dante Gabriel Rosetti, parece que fue el amor imposible de Millais.

Elisabeth era una hermosa pelirroja de constitución enfermiza que se casó muy joven con Rosetti. Tan enamorado estaba el pintor de su esposa que la utilizó de modelo para muchas de sus obras. Pero pasado un tiempo, el poeta tuvo más modelos y se enamoró perdidamente de otra: "the elephant", una robusta mujer blanca, también de cabello colorado, que de alguna manera representaba el anverso de su frágil esposa.
Una noche que Rosetti regresó a su casa encontró a su mujer muerta porque se había excedido con la dosis de cloral que tomaba para el insomnio. Rosetti comprendió inmediatamente que ella sabía toda la historia y se había suicidad.
En el entierro, aprovechó una distracción de sus amigos para hacer un sacrificio: sobre el pecho de su esposa muerta, dejó el manuscrito de los sonetos que se reunirían luego bajo el título" The house of life".
Inmediatamente después, Rosetti rompió su relación con su amante y se recluyó en una quinta para dedicarse a la poesía y la pintura. Vivió muy retirado y casi no recibía visitas, hasta que sus amigos lo citaron y le exigieron que publicase el manuscrito de poemas.
En 1872 Rosetti muere en su quinta, también por una sobredosis de cloral al que se había hecho aficionado.

La vida real muchas veces supera la ficción.

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